viernes 1 de octubre de 2010

El día en que se gestó la Cooperativa

A Don Enrique le encantaba Loma Verde, buscaba un campito donde poder sembrar algunas verduras y tener algunos animales. Lo intentó en Pilar, en Don Torcuato y en Mar del Plata, pero desde el primer día en que pisó Loma Verde, durante la década del ‘40, aseguró que el aire de acá era distinto.

Durante 45 años fue director de un laboratorio de especialidades medicinales ubicado en Boedo, por lo que su vida fue siempre la búsqueda del agujero de tiempo para venir a su quinta “La verde”, ubicada en el barrio Santa Rita, aún cuando era muy cierta y lo fastidiaba la incomodidad de la falta de energía eléctrica.

El agua para el riego, la pileta y la casa la proveía un motor Kohler naftero de seis caballos, que para arrancarlo a soga había que haber sido medallista olímpico en alterofilia, la bestia mecánica movía una bomba de diafragma a la que había que cebar buscando agua de una bomba manual, a veces durante horas.

La heladera era una Phillips a kerosene, que para que enfríe había que nivelarla con tanta justeza que a veces usaba aquellos viejos boletos de tren, de cartón.

El hogar era un rancho de adobe y quincho, con catres militares dispuestos como en un hospital de campaña, una estufa también a kerosene en el medio, y los malditos sol de noche, a los que siempre se les quemaba “la camisa” cuando hacían más falta que nunca porque se venía la noche.

Para combatir el avance del yuyal se recurría a un lanzallamas.

La salida de descanso era todo un día, o dos, o tres, de intenso trabajo, cuidar que las hormigas no se comieran la verdura, las calandrias los tomates y los bichofeos las frutillas, aserrar con una tronzadora de doble comando la interminable cantidad de leña que llevaba cocinar los pollos con papas, las empanadas y las pizzas en el horno de barro.

A mediados de la década del sesenta, cuando en Escobar ya existía una buena cantidad de hogares con aparato de televisión, los bombeadores eran eléctricos, y las heladeras ni hablar, por lo que ya no hacía falta pasar por el frigorífico “El Polo Sur” para buscar las barras de hielo, Loma Verde era un paraíso donde la Vía Láctea casi se podía tocar con la mano, en la oscuridad nocturna.

Un día Don Enrique viajó a Carlos Casares, donde tenía que instalar un secadero de alfalfa en pleno campo. Durante todo el largo viaje en una Estanciera pensó en cómo adaptar a gas oil la maquinaria de la que disponía, que era eléctrica. Para su asombro, cuando llegó al establecimiento, que estaba a más de veinticinco kilómetros del casco céntrico, encontró que había luz eléctrica. ¡Qué maravilla! Se acordó del Kolher, de la Phillips, de los Soles de Noche…

Cuando regresó se lo comentó a su hermano Tato, que tenía la quinta “La Marianita” frente a la Cambicha, un lugar junto a la ruta donde de día se vendían excelentes quesos caseros, y de noche cuerpos femeninos de mucha menos calidad.

¿Sabés que en el medio de la Pampa tienen electricidad gracias a una cooperativa? ¿Por qué no te ocupás de averiguar qué se necesita para formar una?

Tato viajó a La Plata innumerables veces, y un par más a hacer la amansadora en la Municipalidad, que ya en aquella época era “lenteja” para aprobar proyectos beneficiosos para todos.

Los trámites y las reuniones preparatorias duraron años, pero un día el señor Vicente Ferraro fue el primero en asociarse, se clavaron los primeros postes, se levantaron los primeros pilares, y donde ni las empresas privadas ni el Estado querían invertir, la fuerza de todos logró que  se encienda la lamparita.

Don Enrique era Roberto Enrique Bonfanti, el de la idea, y Tato su hermano, Sebastián Aníbal, primer presidente de  nuestra cooperativa.

Por Jorge L. Bonfanti

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