lunes 1 de agosto de 2011

Cooperativismo, contra el egoísmo y el retroceso social

El ser humano tardó por lo menos 4.000.000 de años en evolucionar desde el australopithecus hasta el homo sapiens. Desde hace 500.000 años domina el fuego y sólo 200.000 años que los hombres de Neanderthal comenzaron a desarrollar un lenguaje común. Hace 30.000 años que domestica animales, 10.000 desde que desarrolló la agricultura y 6.000 desde que puede escribir sus pensamientos y utilizar la rueda.

Una vez que la humanidad dispuso de estas herramientas: el fuego, el lenguaje como motorización del pensamiento práctico; la escritura, que brinda la posibilidad de poder almacenar información de una manera mucho más eficaz que la traslación oral, y la de multiplicar su fuerza a través de medios mecánicos, la dinámica del progreso humano se hizo vertiginosa. En 10.000 años pasamos del Neolítico a los viajes espaciales y la clonación.

Este proceso no hubiese sido posible si nuestra especie, como gran parte de las especies de la naturaleza, no tuviese como actitud natural, intrínseca de su razón de ser, la ayuda mutua, el trabajo en común en pos del bien común.

Podemos decir que la cooperación en el trabajo y el usufructo común de su producto forma parte del proceso de hominización y es elemento constitutivo en la génesis del homo sapiens, el ser humano actual.

En el paleolítico la construcción del lenguaje posibilitó el trabajo en comunidad, la pesca con red, la caza en grupo, por lo que aquellos seres, al adquirir esas capacidades, dispusieron de mayor cantidad de alimentos, lo que permitió una ampliación de la vida social y un fortalecimiento físico.

Este proceso dinámico y dialéctico, la formación del habla, de la vida social y del trabajo en común y en la búsqueda social de la subsistencia, constituyen un solo hecho que desembocó en la generación del homo sapiens y la vorágine que va del paleolítico-neolítico a los graves, conflictivos y evolucionados tiempos contemporáneos. Fue la primera revolución, el primer salto cualitativo, cuando dimos el primer paso para dejar de ser animales primarios, en esta caminata que todavía no terminamos de dar, que en realidad recién comenzamos, en términos históricos.

Es por esto que debemos decir que la primera especie domesticada fue precisamente la humana, que debió domesticarse a sí misma para sobrevivir.

No en vano la palabra “cooperación” deriva del griego “operari”, es decir, “con trabajo”. La evolución dependió del beneficio común del producto del trabajo, de su reparto democrático; esto implica que el lugar común de considerar a la propiedad privada de los medios de producción para la subsistencia y su usufructo también privado, como producto de un orden natural, es falso.

En los estudios realizados por los antropólogos de las tribus primitivas aparece la propiedad privada de las herramientas, la lanza, el hacha de piedra, el arco y la flecha, hasta el punto de que en muchos casos esos instrumentos se enterraban junto a su dueño, pero el beneficio de lo producido por esas herramientas es social, exactamente al revés de lo considerado normalmente, no hay apropiación individual de la riqueza social; y podríamos preguntarnos si hubiese sido posible la supervivencia de la especie si la norma hubiese sido la exclusión de los mismos productores del beneficio de lo producido, y no su disponibilidad comunal.

En este momento histórico en que las grandes catástrofes económico-sociales conocidas con los nombres de desocupación, exclusión, mortalidad infantil, superpoblación, polución, calentamiento terrestre, recesión, brecha social, conflictividad socio-racial, tráfico de armas y/o drogas, guerra y otras, están en boca y en la preocupación de toda la humanidad, y se basan exclusivamente en un modelo único y dominante: la ruptura de la tradición cultural de la cooperación, vale la pena ahondar en la historia de las cooperativas y mutuales como modelo alternativo vigente, posible, válido, y, para decirlo con palabras actuales, sustentable.

La cooperación en Sumeria

Durante el Neolítico, tribus nómades de pastores se fueron afincando en los valles de la Medialuna fértil del Tigris y el Eufrates; y del Indo, convirtiéndose en sedentarios y agricultores. Construyeron sus aldeas alrededor de los templos, organizaciones político-religiosas que detentaban el poder. Eran tribus guerreras que disponían de abundante mano de obra esclava producto de sus prisioneros de guerra. El avance en la cerámica y en la fabricación de arados permitió un aumento notable en el rendimiento de las cosechas y en el almacenamiento del cereal, que se depositaba en tinajas cubiertas de brea, lo que permitía su conservación por mucho tiempo. Ese proceso posibilitó un gran progreso material.

En el cuarto milenio antes de 0 los avances tecnológicos permitieron un espectacular crecimiento de las fuerzas productivas, lo que determinó que hubiese un excedente nunca visto de alimentos, grano, carne, frutas, lácteos, vinos y aceites. Los pequeños asentamientos se convirtieron en grandes ciudades-estado; la primera Uruk. La nobleza, casi siempre sacerdotes, acrecentó gracias al acceso a esa riqueza su aparato militar. En ese lugar y en ese tiempo nacieron la rueda, la escritura, los códigos de leyes, como el de Hammurabi, las bibliotecas y la división de la sociedad en clases claramente delimitadas, según su relación con la producción y el poder.

Durante toda la vigencia de la civilización súmero-acadio-babilónica existió una pirámide compuesta en su vértice por los Awilus, personas libres de clase superior, detentadores (no poseedores) de las tierras y el poder, sacerdotes, jerarcas militares y burócratas. Los Mushkunes o Mushkenis, personas libres de clase inferior, agricultores, artesanos y mercaderes. Y los Wardus, esclavos. Si bien la mayoría de los esclavos provenían de los botines de guerra y eran prisioneros de otras tribus quizá provenientes de una misma etnia, también el poder podía reclutar esclavos como condena por delitos, e inclusive un Babilonio se podía vender como esclavo durante tres años, por lo que se reconocía al esclavo algunos privilegios como el de comerciar y disponer de bienes, por lo que en determinados momentos resultaban favorecidos frente a los mushkunes, que debían pagar onerosos tributos al rey y, frente a las frecuentes campañas bélicas, eran militarizados con perjuicio para sus sembradíos.

Por lo tanto, fue en dicha clase social en que se originaron las primeras organizaciones cooperativas, los Undestabings. A pesar del alto costo de los préstamos para la adquisición de herramientas, existían niveles de abundancia que permitían el comercio en trueque con las tribus de mercaderes nómades que hacían las rutas desde el golfo Pérsico hasta el Mediterráneo, el largo viaje a Egipto, a Canaán y a Anatolia.

Los Undestabings eran instituciones cooperativas exclusivas de los mushkunes, organizadas como defensa de sus intereses de clase frente a un sistema que generaba desigualdad; el agricultor y el artesano se ayudaban mutuamente para generar una mejor producción y una mejor comercialización, lo que redundaba en mejor renta, por lo que ese embrión de las modernas cooperativas no contaban con el beneplácito del poder y eran hasta clandestinas. En la medida en que creció el poder de los Awilus y la nobleza, pasando el poder de los templos a la centralización en las grandes ciudades, creció también la opresión. Los Undestabings fueron desapareciendo y al desaparecer esos mecanismos a los que podríamos llamar democratizantes de la distribución de la riqueza, desaparecieron también esos modelos de sociedades.

La antropología nunca pudo explicar el porqué del declive y desaparición de aquellas grandes civilizaciones. Se especuló con el agotamiento de la tierra y la superpoblación, con la quiebra por los altos costos militares, por la gran cantidad de burócratas que regulaban el riego, impartían justicia o trabajaban la tierra del rey de manera improductiva, ya que el wardu recibía alimentación y sustento por parte de este, mientras el mushkenu debía procurarse su sustento además de tributar, lo que lo obligaba a grandes sacrificios y, a veces, privaciones. Tan es así que cuando los persas de Ciro “el Grande” invadieron Babilonia, imponiendo la lengua árabe, la palabra mushkenu se transformó en mishkino, que pasó al castellano y a la vigencia eterna como mezquino, lo que no hace justicia a aquellos hombres libres que fundaron las bases de lo que el ser humano es hoy. Y que nos legaron los más grandes avances técnicos que todavía son la base de nuestra civilización.

Si esto no es así, habrá que hacer el ejercicio de imaginar a nuestra sociedad sin la rueda y sin la escritura, para valorarla en su justa dimensión.

Por Jorge L. Bonfanti

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